| ¿Qué
implicaciones tiene el considerar las listas de e-mail como
un producto comercializable?
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En pleno auge del e-mail
márketing, la forma de publicidad que más
crece en internet, y aquella en la que las empresas pueden
medir y apreciar más directamente la eficacia de
una campaña, nos enfrentamos a los riesgos de polucionar
con el spamming y otras prácticas abusivas el desempeño
de las acciones de márketing basadas en esta sencilla
y eficaz herramienta. |
El problema es que todavía
no existe una postura clara acerca de lo que es, exactamente,
una política de opt-in o de opt-out. Las posturas de
consumidores y empresas son motivo de discrepancia y en algunos
países como España o Brasil, por ejemplo, la administración
pública ya ha legislado, para bien o para mal, sobre
la cuestión, dificultando soluciones más flexibles.
Parte del problema viene dado también por un hecho: una
lista de direcciones de correo electrónico es, en sí
misma, un producto.
En la maraña de términos
y conceptos que rodean las prácticas de publicidad directa
por vía e-mail, no es de extrañar que surja la
confusión entre los usuarios, las empresas y las entidades
reguladoras. De ahí las grandes diferencias de criterio
entre distintos países y colectivos. Diferencias que
la legislación tampoco contribuye a resolver, sino a
encauzar, a veces con medidas que pueden dar al traste con las
ventajas de una herramienta como el correo electrónico.
En una encuesta realizada recientemente
por el site norteamericano Opt-in News, soprendentemente, muchos
profesionales independientes e internautas, afirmaban que el
término opt-in se refería a la marca de un producto
o a un proceso patentado por alguna empresa.
No eran precisamente una mayoria quienes
sabían que opt-in se refiere a un sistema de envío
de mensajes de correo electrónico sólo a aquellos
destinatarios que, previamente, manifestaron su interés
y dieron su consentimiento expreso, y que es una forma de trabajo
ampliamente asumida por la mayoría de las empresas que
operan en internet (aunque no siempre se aplique correctamente).
De hecho, Opt-in News señala que
muchos de los usuarios norteamericanos que tienen su buzón
de correo electrónico atiborrado de e-mails no solicitados
han escrito a las distintas asociaciones de consumidores "quejándose
de las prácticas de la empresa "opt-in"
y manifestando que no quieren saber nada más sobre apuntarse
a listas de permission marketing por e-mail".
La proliferación de términos
como doble opt-in, y las dudas sobre lo que es exactamente el
consentimiento expreso, es decir, si es necesario preguntar
cada vez, o basta con que el destinatario haya dado anteriormente
y de modo más o menos general, su aprobación,
para recibir información referida a un site, un producto,
una marca o un tema en particular, tampoco contribuyen a clarificar
el panorama.
De modo que, una situación tan rocambolesca,
a la postre, termina por significar un descrédito hacia
cualquier intento de establecer buenas prácticas y merma
la confianza de los internautas en el proceder de las empresas.
Hasta ahora, buena parte de los esfuerzos
de difusión y educación con respecto a las buenas
prácticas se han dirigido hacia los y las marketeers
y los anunciantes. Pero nadie se ha encargado de hacer el mismo
trabajo con el público, la comunicación se sigue
haciendo, pues, sin pedagogía y el resultado es que cada
vez serán menos los usuarios que apostarán por
una lista de opt-in, perdiéndose información útil
y ofertas ventajosas, y contribuyendo a cerrar esta posibilidad
de hacer las cosas, y empujando a las empresas, de hecho, hacia
prácticas de comunicación menos elegantes, como
el opt-out o el spamming.
Este es, precisamente, el argumento que
se utiliza con frecuencia por parte de las asociaciones de empresas
de márketing y de los anunciantes más activos
para oponerse a cualquier intento de regulación forzosa
de la comunicación comercial a través del correo
electrónico.
La idea es que, la normativa, sobretodo
por el desconocimiento de los usuarios y porque actúa
de forma indiscriminada, terminará por hacer tan cuesta
arriba el uso del opt-in y el fomento de buenas prácticas,
que los anunciantes, aún a riesgo de ser multados, preferirán
recurrir al spamming.
Para las ONGs, por ejemplo, que hacen campañas
de sensibilización y tienen como función 'crear
opinión' o 'concienciar' al público sobre distintos
problemas, la comunicación directa en internet es básica.
Verse constreñidas al uso del opt-in por una legislación
rigurosa limita severamente sus posibilidades de llegar al público.
Su situación es uno de los ejemplos que más se
citan cuando se habla de que la mejor alternativa es la autorregulación.
La culpa de este malestar la tiene, en
buena parte, el hecho de considerar a las listas de direcciones
de e-mail, en especial las de usuarios que han dado su consentimiento,
como un producto para la reventa. La realidad es que muchos
marketeers, una vez que tienen en la mano algo para vender,
ya no se cuidan tanto por cuestiones como la "personalización",
la "relación directa con el cliente", la "retención"
o la "lealtad".... puede mucho más la "rentabilidad"
inmediata, cercana y repetible, que supone la venta, cesión
o alquiler de las bases de datos.
Estas listas, convertidas en un producto,
suponen, en la práctica, que allí afuera, o aquí
adentro, en la red, habrá miles, decenas o cientos de
miles, tal vez, de internautas, consumidores, potenciales clientes
de sus productos, que estarán recibiendo todos los días
varios mensajes con la coletilla de "Este mensaje no puede
ser considerado como spam debido a que su nombre ha sido obtenido
de una lista que... " y no sabrán de dónde
rayos llega el mensaje, ni quién les escribe ni para
qué, simplemente porque, apenas comiencen a leer el párrafo
de marras, harán click con el ratón y enviarán
el mensaje a la papelera.
Después de que esto le haya ocurrido
unas cuantas veces a un internauta, el hecho de que un mensaje
sea opt-in o no ya no va a suponer una diferencia apreciable
para la eficacia de la campaña o la respuesta de los
recpetores de la promoción.
El marketeer y la empresa que acceden a
esta práctica, en realidad, están vendiendo y
comprando una lista de datos, y no promocionando o intentando
vender un producto o una marca. Lo más preocupante es
que muchas de las empresas y marketeers que actúan de
ese modo siguen pensando que se trata de la mejor manera de
llegar a los clientes para comercializar lo que se anuncia o
promociona en los mensajes enviados de este modo.
La facilidad con la que se puede conseguir
dinero facilitando datos a terceras empresas pesa mucho, y una
industria como la del márketing, que todavía tiende
a moverse más por volumen que por calidad es otro factor
que hace que la situación se complique cada día
más. Los marketeers están presionados por el tiempo
y por la necesidad de obtener resultados. Y, naturalmente, por
los costes.
Los responsables de Opt-in News señalan
que "en un mercado con tantas soluciones de distribución
de la comunicación publicitaria, ofreciendo buenos resultados
y bajos precios, los anunciantes están cada vez menos
interesados en invertir tiempo y dinero para localizar targets
de gran calidad y poner en marcha programas de fidelización
y retención de clientes. Prima la necesidad de resultados
en el corto plazo y, para ello, nada mejor que grandes cantidades
de direcciones de correo electrónico para, de un modo
u otro, encajar con los requerimientos de la campaña.
Esto resulta obvio si comparamos los ratia de click-through
y de conversión durante los últimos años".
Sin embargo, esta estrategia a corto plazo
pronto va a llevarnos a la necesidad de un cambio radical en
la conceptualización de las acciones de márketing
directo por internet. Las empresas y los marketeers tendrán
que optar entre construir relaciones con sus clientes y prospects
en las que se deposite un valor que atraiga rentabilidad a futuro
gracias a la fidelización y la repetición de compra,
o bien intentar rentabilizar antes que la competencia los datos
de potenciales clientes que obran en su poder. Es decir, el
producto puede ser la relación con el cliente o la información
que se tiene de él. En el primer caso, el producto no
se vende a terceros, en el segundo, sí.
Tanto en un escenario como en el
otro, quizás el papel de los intermediarios: brokers,
marketeers y agencias sufra profundos cambios. Si la empresa
ve las listas como un producto, querrá producirlas ella
misma, si la relación es el producto, también
querrá que se desarrolle sin intermediarios. La labor
de educación, investigación, mediación
y autorregulación de los marketeers y agencias es ahora,
pues, más importante que nunca.
Fuente: Federico Hernández
Plasencia
(emarketeer.net)
FECHA: 25/3/2002
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